Agresores Involuntarios

Hay agresores que buscan aumentar su estatus y aquellos que usan la intimidación para consolidar su alto estatus ya existente. También existen agresores con agravios específicos y agresores rencorosos o indiscriminados.

En todos esos modelos, el agresor es completamente consciente de su intención y de cómo serán recibidas sus acciones. Han hecho un juicio de valor que considera que sus ganancias justifican sus medios. Pueden carecer de empatía o ser selectivos en cuanto a con quién sienten empatía. Lo que rara vez es mencionado son los agresores involuntarios, aquellos que acosan a las personas en el Espectro Autista sin siquiera darse cuenta de que lo hacen.

¿Qué? ¿Cómo?

¿Cómo existe tal cosa? ¿Puede alguien realmente ser un agresor sin darse cuenta? ¿Cómo los reconocemos, como sus víctimas, como diferentes de aquellos que nos lastimaron intencionalmente?

La mayoría de las personas en el Espectro Autista, posiblemente todos nosotros, hemos encontrado al menos un/a agresor/a involuntario/a en nuestras vidas: personas que nos han intimidado, insultado, perjudicado y causado daños psicológicos o incluso físicos. Dejaron huellas imborrables en nuestras vidas, pero no tenían la intención de hacerlo. No de la forma en que realmente lo hicieron, al menos. El daño que hicieron fue el resultado de intentos equivocados de hacer el bien.

Para muchos de nosotros, nuestros acosadores involuntarios más importantes son nuestros padres. Aquellos diagnosticados después de que el término “Espectro Autista” fuera aceptado por la literatura psiquiátrica en la década de los 90s conocen la narrativa de la tragedia. Tienen una perspectiva personal sobre el futuro sombrío que les dictan los poderes fácticos. Las perspectivas de desempleo, sin amigos, sin matrimonio, malos resultados educativos, dependencia de los padres de por vida, mala salud, pobreza y una vida más corta se ciernen sobre sus cabezas. Las predicciones varían pero comparten un tema común de desesperanza.

Los padres que se enfrentan a esto inevitablemente se sentirán desanimados y desearán defenderse, pero carecen de una dirección bien definida y constructiva para orientar sus esfuerzos. Si siguen el ejemplo del establecimiento, pueden pensar en términos de terapia, medicamentos o programas de educación especial. Si tenemos mucha mala suerte, pueden caer en el camino de los curanderos y charlatanes. También pueden ignorar todas las influencias externas y confiar en el “sentido común” para guiar sus manos.

Buenas Intenciones

El hilo común que atraviesa la mayoría de los agresores involuntarios es que son personas que tienen “buenas intenciones”. Los padres no se embarcan en tales acciones con la intención de causar daño. Los resultados pueden ser un asunto diferente, pero al tomar medidas, están demostrando inequívocamente que se preocupan por el futuro de sus hijos. Cómo se recibe puede ser un asunto diferente.

Los profesores son otro ejemplo común de agresores involuntarios que encontramos en la infancia. Aunque ha habido un progreso significativo hacia la concientización sobre el Espectro Autista en los últimos años, la aceptación de nuestra condición todavía va un poco por detrás. Si bien existe capacitación sobre la condición para los profesores, rara vez es suficiente y puede depender de información obsoleta.

Figuras de Autoridad

Muchos agresores involuntarios ocupan puestos de autoridad o responsabilidad. Si bien los padres y profesores son los más obvios, la lista incluye a los terapeutas y también las fuerzas del orden. También están incluido los funcionarios gubernamentales y, en la edad adulta, nuestros empleadores. Todos tenemos la responsabilidad de tratarnos adecuadamente, pero desafortunadamente pocos tienen idea de por dónde empezar.

El conocimiento que muchos poseen puede provenir de las mismas fuentes que cualquier persona a la que se detenga en la calle. Los medios de comunicación, las historias que escuchan de boca en boca y posiblemente alguien que conozcan y que alguien más dijo que es una persona en el Espectro Autista. En resumen, es poco probable que su conocimiento de lo que hace diferente a una persona autista o cómo podría necesitar ajustar su comunicación sea muy amplio.

Todo lo que les queda son conjeturas, ya que no saben cómo tratarnos adecuadamente. Se convierten en agresores involuntarios porque adivinan mal. No QUIEREN lastimar; todo lo contrario, pero duelen, no obstante.

Sus errores se deben a que no saben cómo comunicarse con nosotros. Las personas hacen suposiciones basadas en cómo interactuarían con personas neurotípicas o, por el contrario, pueden infantilizarnos. Su comprensión limitada podría incluir estereotipos dañinos que han sido refutados durante mucho tiempo pero que aún persisten en Internet. A menos que se les enseñe adecuadamente sobre nuestras diferencias y cómo comunicarse con nosotros, inevitablemente habrán malentendidos.

La Ignorancia Es Una Razón No Una Excusa

La ignorancia era su razón y dado que la información sobre lo que hoy en día conocemos como el Espectro Autista era casi imposible de encontrar, es comprensible.

Eso no significa que nos duela menos, pero los adultos que somos ahora pueden mirar hacia atrás y ser objetivos sobre sus traumas del pasado. Nuestros profesores no tenían ni idea de cómo debían tratarnos de manera diferente, así que simplemente hicieron lo que acostumbraban hacer con otros niños “desobedientes”, solo que más doloroso. Cuando niños no sometían a una disciplina y exclusión cada vez más dura. Nos intimidaban para que participáramos en actividades grupales que para nosotros no tenían sentido y suprimieron tanto nuestras necesidades de hacer estereotipias como nuestra sed de aprendizaje.

Nuestras familias a menudo hacían lo mismo. Les habían dicho durante años que somos una especie de “niños prodigio”. Nos describían como “superdotados” y les colocaban ante ellos una gloriosa alfombra roja bordada con nuestros supuestos logros futuros. Nuestra falta de integración en el sistema de educación básica y media hizo que esas predicciones se desmoronaran en poco tiempo.

A menudo respaldaban al colegio en todo lo que intentaron. Cuando nos dieron el diagnóstico, simplemente aceleraron el ritmo y la presión. La única razón por la que podían comprender por qué niños tan brillante como nosotros no se estaban cumpliendo con el rendimiento académico esperado debe ser porque somos flojos o por nuestra falta de concentración.

Pensaban que una disciplina estricta y la eliminación de distracciones como nuestras estereotipias o los intereses especiales “servirían de algo”. Reclamamos una y otra vez, pero nuestras palabras cayeron en oídos poco comprensivos. En sus mentes no había nada más que hacer porque nadie, aparte de nosotros, les decía lo contrario.

Los Tiempos Cambian

Podemos permitir un margen de maniobra para los agresores involuntarios de nuestra infancia. Su ignorancia fue un síntoma de la época. Cuando se reconoció formalmente el Espectro Autista, ya éramos adultos insertos en el mercado laboral.

Los años intermedios estuvieron llenos de diagnósticos tentativos de personas como nosotros, y fueron esos primeros casos los que allanaron el camino para que se reconociera el Espectro Autista. Puede que no hayamos sido pioneros en la comprensión de la condición bajo su debido nombre, pero ciertamente éramos pasajeros del mismo tren, metafóricamente hablando.

No podemos hacer tales concesiones ahora que estamos en un par de décadas en el siglo XXI. Si bien la sociedad en general todavía tiene mucho que aprender sobre las personas en el Espectro Autista, ya se sabe mucho y está disponible gratuitamente.

Además de las pautas formales, los manuales de diagnóstico y la legislación de igualdad, hay miles como nosotros: adultos en el Espectro Autista con voz, una comprensión decente de nuestras diferencias y el deseo de que otros como nosotros sean tratados de manera justa. Damos nuestro conocimiento de manera voluntaria y abierta.

Ya no hay excusa para reclamar ignorancia. Esa ruta de escape de la culpa se ha cerrado para siempre.

La distinción que separa a un/a agresor/a involuntario/a de uno/a intencional es que sus acciones hacen daño, pero se llevan a cabo con buenas intenciones. Por lo general, piensan que actúan en nuestro mejor interés. Todo eso cambia una vez que han tomado conciencia de las consecuencias de sus acciones.

La ignorancia no es una excusa para siempre. Con información disponible tan libremente, si él/ella continúa con un comportamiento dañino incluso después de haber sido objeto de reclamos, entonces es solamente un/a agresor/a. Nada más. Una persona intencionalmente maliciosa que antepone sus propias necesidades a las de sus víctimas.

Esperanza Y Redención

¿Es posible que un/a agresor/a se redima? Eso depende en gran medida de la magnitud del dolor que causaron y de su voluntad de repararlo. Alguien que a sabiendas causó dolor a otros para beneficio personal o, peor aún, para divertirse, nunca podrá expiar sus malas acciones.

No significa que no deban intentarlo. No es necesario ser religiosos o temer el juicio de un dios castigador para distinguir el bien del mal o tener conciencia, incluso si esa conciencia tarda mucho en emerger. Algunos daños nunca se pueden superar o perdonar, pero la bondad puede ayudar a restablecer el equilibrio.

Para el/la agresor/a involuntario/a, las cosas no son tan sencillas. No tenían la intención de hacer daño, así que, por así decirlo, el dolor que causaron fue inocente. ¿Hay redención para ellos? Quizás si se disculpan con total convicción y sin reservas.

Cuando dejan en claro que saben que lo que hicieron nos causó un dolor innecesario y no intentan justificarlo. Si pueden aceptar que tú sabes que actuaron solo porque pensaron que era lo correcto, sin recordárnoslo mientras se disculpan. Cuando demuestren honestamente que han dado vuelta a la página y ahora están listos para escucharnos y respetar nuestras decisiones.

Fuente: Dexter, Q. (2020). Unintentional Bullies. NeuroClastic. Recuperado de (https://neuroclastic.com/2020/02/23/unintentional-bullies/). Traducido Por Maximiliano Bravo.

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